¿Por qué no podemos imaginarnos la muerte?

Artículo traducido a capón – fromlostuderivermente – a partir de: http://www.sciam.com/article.cfm?id=never-say-die

Prácticamente todos tenemos tendencia a imaginar a la mente sobreviviendo la muerte de nuestro cuerpo.

Incluso la gente que cree que la mente deja de existir tras la muerte, muestra este tipo de razonamiento de continuidad cuando se somete a un estudio.

Más que ser un subproducto de las creencias religiosas o un colchón de seguridad emocional, estas creencias nacen de la propia naturaleza de nuestra consciencia.

Todo el mundo se pregunta porqué y de dónde vienen.

Todos se preocupan de adónde van a ir cuando todo termine.

Pero nadie lo sabe seguro y, a mí, me suena todo igual.

Creo que simplemente dejaré que el misterio continúe.

Debería parecernos extraño que nos sentamos inclinados a asentir cuando oímos las lyrics de Iris Dement en “Let the mystery be”, un humilde cántico sobre el más allá. De hecho, el único misterio es porqué creemos que cuando tenemos que enfrentarnos con adónde vamos cuando todo termine, estamos ante ningún tipo de misterio. Después de todo, el cerebro es como cualquier otro órgano: parte de nuestro cuerpo físico. Y la mente es, igualmente, lo que el cerebro hace – se trata más de un verbo que de un nombre. ¿Por qué nos preguntamos dónde va nuestra mente cuando el cuerpo muere? ¿no debería resultar obvio que la mente muere, también?

Y, aún así, personas de todo tipo de culturas creen en algún tipo de vida después de la muerte o, al menos, se muestran inseguros acerca de qué le pasa a la mente llegada la hora de la muerte. Los estudios psicológicos realizados por el autor le han llevado a pensar que estas creencias irracionales, más que un resultado de la religión que nos rodea o una forma de protegernos del terror que la inexistencia provoca, son un subproducto inevitable de la consciencia que, de nosotros mismos, tenemos. Como nunca hemos experimentado la ausencia de consciencia, no podemos imaginarnos cómo debe sentirse uno al estar muerto. De hecho, no nos sentiremos de ninguna forma y ahí radica el problema.

La visión generalizada de la muerte como un gran misterio se suele apartar de nuestras cabezas por el deseo (emocionalmente inspirado) de creer que la muerte no es el final del camino. Y, de hecho, una eminente escuela de investigación sobre la psicología social afirma, en una teoría que han elaborado sobre las creencias en el más allá y otros comportamientos y actitudes parecidas, que éstas existen para apaciguar, lo que de otra forma sería, la ansiedad que provoca pensar en la inexistencia de uno mismo.

De acuerdo con estudiosos en la materia, cada uno posee un arsenal secreto de defensas psicológicas para mantener a raya la ansiedad por la muerte (y para que no acabemos en posición fetal, chupándonos el pulgar y escuchando a sigur ros). El que el autor escriba este artículo, dice, se podría interpretar como un ejercicio de inmortalidad simbólica, es decir, como un intento de que algunas de sus efímeras ideas queden plasmadas para la eternidad.

Con todo y con eso, un creciente número de estudiosos, incluido el autor, defienden que la evolución de la conciencia ha presentado un tipo distinto de problema. Siendo éste que nuestro ancestros sufrían la ilusión de poseer unas mentes inmortales lo que, sin duda, hemos heredado hasta nuestros días. Seres humanos individuales, debido a su evolucionada arquitectura cognitiva, tenían problemas para conceptualizar su propia inexistencia psicológica desde un principio.

El problema afecta, incluso, a los que dicen no creer en la vida después de la muerte. Como dijo el filósofo y fundador del Centro para el Naturalismo Thomas W. Clark en un artículo para la revista Humanista:

El tema que nos ocupa es: Cuando morimos, lo que sigue es la nada; la muerte es un abismo, un agujero negro, el fin de la experiencia; es un nada eterno, la permanente extinción del ser. Y aquí está el error que esa visión contiene: querer ver la nada como algo concreto – convertirla en una condición o cualidad positiva (de negrura, por ejemplo) – y colocar en ella al individuo después de la muerte, como si cayéramos a la nada para permanecer ahí por siempre jamás.

Consideremos, primero, el hecho de que nunca sabremos que hemos muerto. Podremos sentir que la muerte acecha o que nos vamos yendo poco a poco, pero no habrá un “tú” o “yo” pirulando por ahí que sea capaz de discernir que, una vez todo haya acabado, realmente hayamos muerto. No olvidemos que es necesario un cortex cerebral operativo para que podamos tener conocimiento proposicional de cualquier tipo, incluyendo el hecho de que hayamos muerto (y una vez muerto, nuestro cerebro es tan capaz de generar cualquier tipo de fenómeno como un cogollo de lechuga). En un artículo publicado en 2007 en Synthese, el filósofo de la Universidad de Arizona, Shaun Nichols, lo argumenta de la siguiente manera: “Cuando intento imaginarme mi propia no existencia, tengo que imaginar que percibo o conozco acerca de mi propia no existencia. ¡No me extraña que sea complicado!

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